La relación del ser humano con el medio natural ha evolucionado a lo largo de la historia, pasando de depender de él para la supervivencia a transformarlo y, finalmente, abandonarlo. Este éxodo rural continuado vacía los pueblos y provoca un impacto a menudo irreversible si no se actúa pronto.
En septiembre pasado, se recordó que la provincia de Castellón tiene dieciséis municipios con menos de cien habitantes, distribuidos entre las comarcas de Els Ports, el Baix Maestrat, el Alt Millars y el Alt Palància. Se destacó que Castellón concentra tres de cada cuatro pueblos con menos de cien habitantes de toda la Comunitat Valenciana, y que 86 de los 135 pueblos castellonenses están oficialmente amenazados por el éxodo rural.
“"Castellón suma tres de cada cuatro pueblos con menos de cien habitantes de toda la Comunitat, dieciséis de veintiuno."
Las implicaciones sociales de esta realidad son bien conocidas, y las políticas públicas ya destinan inversiones para proteger y crear incentivos que hagan de estos municipios lugares dignos para vivir. No obstante, la despoblación también tiene impactos medioambientales muy importantes, como se ha evidenciado en casos extremos como los grandes incendios forestales.
En octubre, un estudio concluyó que 87 municipios de la provincia de Castellón, más de la mitad de los 135, continúan perdiendo población o están en riesgo de despoblación. Estos datos subrayan la necesidad de buscar soluciones que aborden tanto la dimensión social como la ecológica del problema.
“"87 municipios de la provincia, más de la mitad de los 135 (el 55%), continúan perdiendo población o siguen en riesgo de despoblación."
Un investigador del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF) considera sorprendente que la dimensión ecológica de la despoblación se haya obviado o tratado superficialmente, a pesar de la importancia actual de las cuestiones medioambientales. Defiende que las políticas de activación económica deberían tener en cuenta criterios de sostenibilidad, promoviendo un uso extensivo del territorio que mantenga actividades económicas y fije población de manera ambientalmente sostenible.
La Fundación Aquae, citando datos de Greenpeace, expone que en los últimos cuarenta años se han abandonado más de cuatro millones de hectáreas de tierras de cultivo y se han perdido más de dos millones de explotaciones ganaderas. Además, advierten que más del 80% de los espacios forestales no tienen planes de ordenación que garanticen la preservación de la montaña y los bosques. Este espacio en proceso de abandono es precisamente donde viven los habitantes de los 86 pueblos castellonenses en riesgo de despoblación.
Frente a este escenario, las políticas e inversiones públicas son indispensables. Complementariamente, se reproducen iniciativas ciudadanas que buscan proteger el entorno rural y sus valores patrimoniales y naturales. Un ejemplo son las jornadas de patrimonio organizadas por el Programa de Extensión Universitaria de la Universitat Jaume I (UJI), los ayuntamientos de Puebla de Arenoso, Fuente de la Reina y Viver, y la Mancomunidad Riu Millars.
La octava edición de estas jornadas, celebrada el 2 de mayo, se centró en la conservación de balsas y caleras, construcciones tradicionales vinculadas a la actividad económica rural. También se informó sobre iniciativas como el cultivo ecológico de arroz en la ribera del río Maimona, regado con las aguas del río Millars.
Otras propuestas incluyen las seis actividades organizadas por el Ayuntamiento de Eslida entre junio y noviembre para acercar a la ciudadanía a la Sierra de Espadán, con rutas que exploran la historia, el patrimonio natural y cuestiones sociales. Asimismo, el Museo de la Valltorta, la Generalitat, la Fundación Caixa Castelló y el Ayuntamiento de Ares del Maestrat iniciaron la iniciativa Els barrancs, con una ruta guiada por el bosque monumental del barranco dels Horts el 17 de mayo.
La Vall d'Uixó, sin peligro de despoblación, también ha incorporado rutas guiadas en sus programaciones para profundizar en el pasado que marcó el desarrollo de la población, conservando restos como aljibes, acequias y fuentes. Estas iniciativas recuerdan la relación de necesidad que los humanos siempre han tenido con el entorno natural, que han transformado y, en muchos casos, abandonado cuando ha dejado de ser rentable.
El investigador del CREAF concluye que los paisajes rurales son el resultado de una coevolución entre las sociedades humanas y los procesos naturales. Advierte que confiar en que los espacios transformados por el hombre se recuperarán solos es una visión demasiado simplista, y defiende la necesidad de una intervención basada en conocimientos ecológicos para establecer planes de acción efectivos.