A principios de los años 60, Calp aún no era un destino turístico consolidado, pero ya había dejado atrás su etapa de posguerra. La localidad contaba con agua potable, hoteles, salas de fiestas, una urbanizadora y carreteras, elementos clave para su desarrollo. La dictadura franquista encontró en el turismo una herramienta para su proyección internacional, basándose en el atractivo de una España barata, soleada y políticamente controlada.
Los cimientos de esta transformación se asentaron en 1952 con la llegada de agua potable al núcleo urbano, un hecho crucial para el crecimiento de cualquier ciudad. Ese mismo año, se adecuó la zona del Peñón de Ifach y se inauguró una sucursal de la Caja de Ahorros del Sureste. El Parador, rebautizado como Paradero de Ifach, continuaba creciendo, y se adquirió el Hotel Miramar.
En 1953, Calp realizó su primera encuesta turística, revelando que ya recibía visitantes, principalmente de Madrid (47%), Valencia (15%) y Francia (14%). Este flujo inicial estaba motivado por los primeros chalets construidos alrededor del puerto y el peñón. Aunque el municipio seguía siendo mayoritariamente rural, con 2.300 habitantes de derecho y 890 edificios, comenzaba a abrirse al mundo. Durante el periodo 1945-1954, se consolidaron las obras del puerto pesquero y en 1953 se fundaron los Astilleros Belliure, diversificando la economía marítima.
El año 1956 fue crucial, con la apertura del Hotel Peñón, la aprobación de la Ley del Suelo en España —que reguló la transformación del territorio en ciudad— y el cese de la última almadraba, convirtiendo el mar en un elemento paisajístico más que de subsistencia. La Caja de Ahorros del Sureste promovió la construcción de viviendas de protección oficial, el Grupo Antonio Ramos, impulsando el crecimiento interno de la ciudad.
En 1957, la aviación comercial impulsó el turismo, y British European Airways abrió una línea regular a Valencia, acuñando el nombre de Costa Blanca como estrategia de marketing. Este nombre fue adoptado rápidamente por el régimen, y en 1958, el NO-DO produjo un cortometraje sobre el litoral alicantino. El nombre se oficializó en 1965, registrado por el Ministerio de Información y Turismo. El eslogan Spain is Different, originado en 1932, fue adoptado por el franquismo como símbolo de la apertura turística.
A finales de los años 50, el turismo en Calp comenzaba a tomar la forma actual. En 1957 se creó la primera comisión de urbanización y se proyectó la carretera entre la playa del Bol y el Ifach, embrión del actual paseo marítimo. En 1958 se inauguró el Hotel Las Salinas y la Sala de Fiestas y Cine Victoria, ampliando la oferta de ocio. El año 1959, el rodaje de la película Molokai volvió a poner Calp en el mapa, y la apertura del Bar Calp en la Plaza de España subrayó la importancia de los espacios sociales. El Plan de Estabilización Económica de 1959 devaluó la peseta y abrió la economía, convirtiendo el turismo en una estrategia nacional para obtener divisas.
En 1960, la llegada de los primeros televisores a Calp conectó la localidad con el mundo exterior, al mismo tiempo que la construcción de un repetidor en la Sierra Aitana expandía la señal. Nuevos proyectos como el Hotel Adlon aparecieron, y la inclusión de Calp en la Guía turística Caminos de España 1960 consolidó su presencia en el mapa turístico.
El año 1962 marcó un punto de inflexión con la creación de la Urbanizadora Calpe, S.A., que significó la entrada de capital organizado y una voluntad empresarial de transformar el suelo en negocio. Ese mismo año se asfaltó la avenida Gabriel Miró y se iniciaron los trámites para el Hotel Hipocampos en la playa de la Fossa, así como el proyecto de La Manzanera. La aprobación del Plan de Alcantarillado y el suministro de agua a domicilio completaron la infraestructura básica. Los turoperadores centroeuropeos comenzaron a impulsar la construcción hotelera en la Costa Blanca, con Calp como parte fundamental de esta lógica, recibiendo inversión externa.
Entre 1952 y 1962, no solo cambiaron las cosas, sino también la velocidad del cambio. A principios de los años 60, Calp, a pesar de no ser un destino consolidado, ya tenía agua, hoteles, carreteras y una narrativa propia. Pero, sobre todo, había generado una expectativa de futuro que fue el motor de su posterior crecimiento y expansión turística.




