La pieza, que se inspira en el microuniverso que se genera en los patios escolares, busca reflejar la intensidad de las vivencias de los niños, desde las amistades hasta los conflictos, sin minimizar su importancia.
“"Hemos descubierto que es un universo a escala, donde la magnitud de las vivencias es igual de intensa que en el mundo exterior; donde las traiciones son muy traiciones y las emociones son muy emociones. No tanto los amores, porque todavía no están en ese punto."
Para documentar el texto, el dramaturgo Juli Disla y el director Jaume Pérez Roldán realizaron un trabajo de campo durante un año. Este comenzó en la Escola Les Carolines de Picassent y continuó en el CEIP Les Arenes, en Poblats Marítims de València, y en el CEIP Jaime Balmes, en el barrio de Ruzafa. Durante este período, entrevistaron a alumnos y profesores para recopilar anécdotas y entender las dinámicas de relación entre los niños.
La obra se vertebra alrededor de tres protagonistas principales: el niño de la capucha, el niño del bocadillo grande y la niña de las mallas, cuyas historias se entrelazan. Además, se añaden «historias menudas» con personajes puntuales que aportan diversidad al relato.
La escenografía, diseñada por Blanca Añon, emula un patio de escuela con una portería y gradas, integrando al público dentro del espacio. La propuesta musical y sonora, a cargo de Carles Salvador, y la iluminación de Marc Gonzalo, buscan crear una atmósfera poética que refleje la magia y el realismo del bullicio del patio.
Los actores Manu Canchal y Tània Fortea actúan como narradores, investigando y contrastando las historias cotidianas que ocurren en el recreo. La obra no busca representar conflictos como el acoso escolar, sino que se centra en la potencia de las emociones y las relaciones que se generan en este espacio, sugiriendo que los adultos deberíamos observar con más atención la manera auténtica de relacionarse de los más jóvenes.




