La alimentación en la Valencia medieval ha sido un campo historiográfico poco explorado, pero gracias a la labor de historiadores como Juan Vicente García Marsilla, conocemos mejor los hábitos dietéticos de la época. La dieta estaba marcada por los criterios médicos del galenismo, que basaba la salud en el equilibrio de los cuatro humores corporales: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra.
Según esta concepción, los alimentos y el cuerpo humano estaban compuestos por los mismos cuatro elementos (tierra, agua, aire, fuego) y cuatro cualidades (caliente, frío, seco, húmedo). La combinación de alimentos tenía un efecto sobre los humores, y los médicos aconsejaban o desaconsejaban ciertos manjares para mantener el equilibrio. Era frecuente tener un médico en la mesa para alertar sobre alimentos nocivos.
No obstante, no siempre se seguían las indicaciones médicas, ya que algunos alimentos desaconsejados gozaban de gran prestigio. Entre ellos se encontraban la fruta fresca, considerada fría y húmeda, aunque su consumo era frecuente con moderación. El melón, por ejemplo, era visto como peligroso pero podía usarse para reducir el calor corporal.
Pescados como la lamprea o el congrio, considerados fríos y húmedos y de difícil digestión, eran muy apreciados por las élites. El marisco, como moluscos y crustáceos, generaba desconfianza por vivir cerca del fondo marino, pero seguía formando parte de la dieta aristocrática, especialmente en fiestas.
La leche y los productos lácteos eran problemáticos por su facilidad para corromperse, aunque el queso ganó aceptación, incluyendo variedades famosas como el brie o el roquefort, y otras más locales como las de Sant Mateu.




