Antes, cuando se fumaba masivamente, no era raro que un extraño se te acercara en plena calle y te dijera: "¿Me da usted fuego, por favor?". Tampoco era raro que te pidieran la hora: "¿Tiene usted hora?". Y a nadie se le negaban el fuego ni la hora, dos cosas que no son cosas, puesto que el fuego es un proceso y la hora un invento. A cambio, sin embargo, se establecía una relación fugaz, una suerte de contrato microscópico entre desconocidos.
Dar fuego era, en cierto modo, admitir que uno disponía de una cantidad de calor que podía repartir de forma solidaria. Y dar la hora equivalía a reconocer que el tiempo, sin ser de nadie, circulaba por el cuerpo social como la sangre por el individual. Se trataba de un suceso íntimo y público a la vez. Aquellas peticiones funcionaban como una contraseña de humanidad. Uno no le pide fuego a un perro. Se lo pide a un hombre o a una mujer, a una presencia con la que, por unos instantes, mantiene una intimidad insólita.
Al llevar a cabo la solicitud, rompías tu soledad (y quizá la del otro) durante un soplo. Hoy nadie pide fuego porque nadie fuma. Y nadie pide la hora porque la hora nos solicita a nosotros constantemente desde el móvil, como un animal que no cesa de reclamar atención. Hemos ganado exactitud y hemos perdido ocasión, pero vivimos en un tiempo más oscuro y más frío. Imagino un futuro cercano en el que alguien, por error o por nostalgia, se acercara a alguien en la calle y le preguntara: "¿Tiene usted tiempo?". La frase, ligeramente desviada, provocaría desconcierto. El interpelado miraría su teléfono como si ahí pudiera medirse la cantidad de minutos disponible, y respondería con datos, no con filosofía. Y, sin embargo, la pregunta, en el fondo, seguiría siendo la misma que antes: ¿me concede usted un segundo de su vida?, ¿me permite comprobar que aún estamos hechos de la misma materia inflamable y perecedera? Porque el verdadero fuego era ese, y la verdadera hora también.




