La despoblación es una realidad que afecta a muchas localidades valencianas, y Castell de Cabres es un claro ejemplo de ello. A pesar de que los datos oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE) señalan que el municipio supera la veintena de censados, la realidad es que menos de diez personas residen de forma continuada en esta localidad del Baix Maestrat.
Esta situación conlleva una serie de contradicciones: calles desiertas, ausencia de negocios y una notable falta de servicios básicos. Los residentes deben recurrir a largos desplazamientos en coche para realizar la mayoría de las gestiones cotidianas. Sin embargo, a cambio, disfrutan de una vida en un entorno natural privilegiado, con una existencia más relajada y pausada.
“"La vida no es fácil, pero en todos los sitios es igual."
La necesidad de contar con un vehículo propio es fundamental para vivir en un pueblo con estas características. Los servicios esenciales se encuentran fuera de la localidad, lo que obliga a depender del coche para cualquier compra o gestión. A pesar de ello, los residentes valoran la tranquilidad y la velocidad diferente de la vida, lejos del ajetreo de las grandes ciudades.
Entre los aspectos más valorados se encuentra el entorno natural, que no se encuentra en una ciudad, y la posibilidad de pasar los días con calma, paseando por los caminos. Sin embargo, también se enfrentan a dificultades como la reducción de los servicios médicos, que antes incluían consulta presencial y ahora son mayoritariamente telefónicos o requieren desplazamientos al hospital. Los fenómenos meteorológicos, como la nieve y el hielo, también representan un desafío, ya que pueden cortar las carreteras y generar peligro.
A pesar de las carencias y el aislamiento, la valoración general de la vida en Castell de Cabres es positiva para sus habitantes. Muchos de ellos no sabrían vivir en otro lugar, ya que siempre hay tareas por hacer y la vida, aunque lejana en algunos aspectos, ofrece una calidad que no encuentran en otros entornos.




