La Tía, una figura central e inconfundible en la vida de su familia y vecinos, es evocada en un relato que busca recuperar su huella como ejemplo de otras muchas mujeres que han enriquecido la vida de quienes les rodeaban. Su casa, situada en un barrio de Gandía conocido popularmente como “Corea” por sus desfavorables condiciones en los años 60 y 70, era un espacio abierto y acogedor.
La vivienda, una planta baja construida a principios del siglo XX junto a la carretera que conectaba Valencia con Alicante, se caracterizaba por una puerta casi siempre abierta que daba a un zaguán y, posteriormente, a un pasillo que desembocaba en el comedor. Un reloj de péndulo, que la Tía a menudo pedía ayuda para poner en marcha, marcaba el ritmo de la casa y los momentos clave del día, como la hora de las comidas, el sueño y, especialmente, la llegada de las radionovelas.
Viuda desde hacía décadas y sin descendencia, la radio era su principal compañía para combatir la soledad de las tardes. Las sesiones radiofónicas, con actores de renombre, constituían su habitual canal de entretenimiento, al que se sumaban las visitas de sus tres sobrinos, depósito de un amor inagotable.
El texto también dibuja el retrato de la Gandía de la época, una ciudad marcada por la industria citrícola, un puerto activo, talleres y comercios, y una incipiente apuesta por el turismo. Mientras tanto, la Tía vivía con austeridad, aprovechando la luz del sol desde el salón para escuchar las radionovelas, que le ofrecían historias de amores imposibles y personajes morales.
El patio de la casa, con una pequeña balsa y jardineras con calas y rosas, era otro de sus espacios predilectos. En verano, sus sobrinos le traían capullos de jazmín que ella ensartaba para perfumar las veladas. Estos ratos se completaban con charlas con las vecinas, breves interludios de suspiros y silencios.
A pesar de una vida aparentemente rutinaria, la Tía poseía un carácter fuerte que se diluía en ternura. Su preocupación más profunda en los últimos años era ser recordada. Su alegría se manifestaba cuando se sentía útil, ayudando a sus sobrinos y vecinos, como ocurrió con una joven del Cantábrico que encontró en su casa un refugio.
El artículo concluye reivindicando la importancia de las Tías con mayúscula, aquellas figuras familiares que, como la protagonista de este relato, han dejado una profunda huella de afecto, han cauterizado heridas y han escrito recuerdos duraderos, mereciendo así un homenaje del recuerdo y el afecto.




