El pensamiento humano y nuestras experiencias vitales están intrínsecamente ligados a las palabras que tenemos a nuestro alcance. Siguiendo la observación de Joan Fuster, los diccionarios no solo recogen el léxico de una lengua, sino que también señalan los límites y las potencialidades de la vida que podemos vivir en aquella lengua. Como dijo Ludwig Wittgenstein, «los límites del lenguaje son los límites de mi mundo», una idea que subraya cómo el vocabulario define nuestro conocimiento, imaginación y emociones.
Por ello, el autor encuentra placer en explorar diccionarios de diversas lenguas, buscando palabras que conceptualizan la realidad de maneras alternativas. Este ejercicio de exploración lingüística permite descubrir nuevas perspectivas y encontrar términos que no tienen un equivalente directo en otros idiomas. Estas palabras, que acuñan conceptos únicos, son el foco de interés del artículo.
“"Cada matís —de color, de so, d’idea— demana una paraula pròpia, i els diccionaris no són tan generosos."
Se exponen ejemplos de palabras japonesas como komorebi (la luz del sol que atraviesa las hojas), wabi-sabi (la belleza imperfecta y transitoria), tsundoku (acumular libros sin leer), ikigai (aquello que da sentido a la vida), shinrin-yoku (baño de bosque) o mottainai (arrepentimiento por desaprovechar algo útil). Estas palabras ilustran cómo cada cultura desarrolla un léxico propio para describir aspectos particulares de la experiencia humana.
Ante la dificultad de encontrar un término adecuado para estas palabras culturales únicas, el autor propone el concepto de «idiotismo léxico». Este término, derivado del griego idiōtismós, enfatiza la particularidad y el carácter propio de una lengua, diferenciándolo de otros conceptos como 'xenismo' o 'idiotismo' (en el sentido de expresión fija).
La reflexión sobre el «idiotismo léxico» se ve inesperadamente conectada con una anécdota sobre declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, sobre la presidenta de Italia, Giorgia Meloni. Esta situación pone de manifiesto la polisemia y la posibilidad de equívoco en el lenguaje, recordando la idea de Fuster sobre la necesidad de palabras propias para cada matiz.
Finalmente, el autor expresa su preferencia por el «idiotismo léxico» de las lenguas, como el japonés, que enriquece nuestra comprensión del mundo, frente al uso ambiguo del término en contextos de malentendidos diplomáticos. La contemplación de la luz filtrada por las hojas, evocada por la palabra komorebi, se convierte en un símbolo de la belleza y la nostalgia que el lenguaje puede preservar.




